Oh! San Roque:
tu, que sin tener en
cuenta
el peligro de contagio de la peste,
te
dedicaste en cuerpo y alma
al cuidado de los
enfermos,
y Dios para probar
tu fe y confianza,
permitió que
contrajeses la enfermedad.
Sin embargo, el
mismo Dios,
no te dejó
abandonado,
y por medio de un
perro,
te alimentaba
milagrosamente.
Y milagrosamente también,
te sanó.
