¡Oh amorosísimo Jesús!
No sólo tu palabra, sino también
la expresión de tu Faz abrasada en amor
nos revelaron, en el Cenáculo,
la vehemencia con que habías ansiado
la hora de quedarte con nosotros en la Eucaristía.
Enciende en mi corazón vivos anhelos
de visitarte y recibirte frecuentemente
con la pureza de los ángeles.

