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María:
 
¡Qué dolor el tuyo,
el Niño de tus entrañas perdido
al volver de Jerusalen¡
José, tu esposo, creyó que el Niño iba con su Madre,
Esperasteis la noche y el Niño Jesús no apareció.
 
Y tu santa María del silencio
guardabas todas las cosas en el corazón.
¡Qué dolor tan grande para una Madre Virgen!
¡Qué angustia para su padre José
que aceptó libremente la responsabilidad
de ser padre de Dios!
 
Nadie puede imaginar lo que sufristeis como padres
ante aquella trágica noche de paz descorazonada.
 
María:
 
Madre del dolor por el Hijo perdido,
tú sabías el misterio de la redención globalmente,
pero desconocías los pormenores
que ibas aprendiendo
con el tiempo en hechos diversos.
 
Vivíais el misterio sin resolver.
Y los dos sufríais consolándoos mutuamente,
sin que el uno al otro pudiera arrancar
del corazón su propio dolor.
 
Los dos orabais llorando con la fortaleza
de la esperanza del Espíritu Santo.
 
¡Qué angustia! ¡Qué dolor!
 
Y después de largos recorridos lo encontrasteis
sentado en medio de los doctores.
 
Jesús escuchaba atentamente
la explicación de la palabra de Dios.
 
Y todos los que le oían
estaban admirados de su inteligencia y de sus respuestas.
 
María: Tú sabías que tu Hijo era Dios
y estaba obrando bien.
Santa María del silencio:
 
Enséñanos con tus palabras
a quejarnos con amor y confianza,
a desahogarnos con filial esperanza,
y a pedir fuerzas al Padre,
cuando el dolor nos visite de manera inexplicable;
cuando la cruz se nos haga insoportable,
y la prueba se torne ininteligible.
 
Que nuestra queja desemboque,
en una entrega, total y confiada,
a la voluntad de Dios Padre:
 
Padre, hágase tu voluntad y no la mía,
o en tus manos encomendamos nuestro espíritu.
 
Amén.
 
 

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